Las hormigas más antiguas de las que se tiene constancia datan de hace unos 100 millones de años y son conocidas con el nombre de “Hormigas del infierno” (haidomyrmecine) por la peculiar morfología de sus mandíbulas, que las hace únicas y que hoy en día, no presenta ninguna de las hormigas que habita en la Tierra con nosotros.
La principal peculiaridad es que las mandíbulas de algunas de estas hormigas se abrían y cerraban de arriba abajo, en lugar de lateralmente como es habitual en las hormigas y otros insectos actuales, lo que hacía que se asemejaran a unos enormes colmillos que usaban para atravesar a sus víctimas.
Algunas de ellas presentaban cuchillas en la cara o incluso cuernos en la frente, como las Linguamyrmex vladi, que estaban reforzados por partículas de metal. Se cree que este reforzamiento lo conseguían a base de asimilar en su dieta partículas de cobre y zinc, y el objetivo no era otro que recubrir y endurecer este apéndice para mantenerlo a salvo en las batallas, ya que con frecuencia se veía golpeado y atacado por las mandíbulas de sus oponentes.
Esta disposición mandibular servía para formar una especie de cepo con la que atrapaban a sus presas y de la que resultaba muy difícil escapar. Además, en las especies que poseían el cuerno, este cepo atraía a la presa hacia él, que las atravesaba y facilitaba así el acceso a la hemolinfa para que la hormiga del infierno pudiera alimentarse. Tras conocer este detalle, tal vez comprendamos mejor por qué recibe ese nombre.
El uso que le daban a esas mandíbulas son meras especulaciones, ya que todas estas hormigas se extinguieron hace mucho tiempo y únicamente se conservan algunos especímenes fosilizados atrapados en ámbar.
El hecho de que esa particularidad no se conserve en ninguna especie actual hace pensar que su uso estaba demasiado especializado y que, probablemente, no fuera la mejor manera de obtener alimento a medida que el entorno fue cambiando.